Ella era como un ángel caido que podía llevarte al cielo.
Sus apasionados y agridulces besos eran sin duda el mejor elixir que podría haber existido, el nectar más adictivo.
Hacía de la cama el más excelso y eminente edén.
Ella realmente no me llevaba al cielo, hizo del infierno nuestro propio paraíso.
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