Nosotros saboreábamos,
como quien ejerce un derecho,
el sol, el mar, las tardes,
la luna redonda con sus manchas.
Derrochábamos enojos y sonrisas.
Ante el esplendor
nos encogíamos de hombros.
No era un desperdicio.
Era la dicha de no saber
que se es feliz.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario